La curiosidad mató al gato

De vez en cuando recuerdo a los lectores de conCIENCIAdos, que se me pueden hacer preguntas, o  incluso plantear retos sobre temas de los que hablar en el blog. La semana pasada María me sugirió un tema, y quizá sin proponérselo me planteó un verdadero reto: explicar porqué no podemos evitar sentir cierta atracción por lo morboso, por lo que no hay que mirar.

Como suelo hacer en estos casos, me he puesto a leer en unas y otras fuentes y parece que aunque no muchos, sí que hay algunos estudiosos de la denominada “curiosidad mórbida”, ese instinto que no podamos evitar mirar cuando vemos un accidente en la carretera o que siempre dejemos un hueco entre nuestros dedos cuando nos tapamos la cara en las peores escenas de ciertas películas.

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Parece que filósofos, psicoanalistas y psicólogos han debatido durante muchos años porqué sentimos esa atracción por lo morboso, y la teoría que prevalece hoy en propone que mirar la desgracia ajena es una forma de medir – de cierto modo –  los daños a los que nosotros mismos podríamos estar expuestos. Algo así como que miramos para construir una base de datos de los diferentes peligros que nos rodean. Por supuesto, este mecanismo se desarrolló antes del cine, la televisión y las redes, por lo que en un principio se trataba más bien de observar un cadáver para averiguar de qué había muerto, que de ver las última vergonzosa aparición de algún famoso.

Pero, como suele ocurrir con este tipo de teorías, no todos están de acuerdo. Eric G. Wilson, autor de un libro titulado “Everybody loves a good train wreck” que se traduciría por algo así como  “A todo el mundo el gusta un buen accidente de tren”, tiene una apuesta diferente. Según él, el motivo que nos lleva a mirar hacia lo prohibido, es empatizar con los demás, querer experimentar una sensación por la que realmente no hemos pasado, y probablemente no nos gustaría experimentar. Según esta teoría, los millones de espectadores de la película “Lo imposible”, serían en parte debidos a nuestras ganas de experimentar y sentir cómo sería ser víctima de un Tsunami, desde la tranquilidad de las butacas de un cine.

Todo esto me ha recordado a un curioso estudio del 2008, en el que los autores concluyeron que podemos ser más susceptibles a atiborrarnos de comida – en este caso palomitas – cuando nos enfrentamos a imágenes violentas, o que nos recuerdan a nuestra amiga de la guadaña. Así que ya sabéis, la próxima vez que os pongáis a cotillear en esas inconfesables páginas de Internet, a ver alguna película de asesinos en serie, o a leer una revista de cotilleos, mantened lejos la bolsa de gusanitos.

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