En el Museo de Ciencias

La primera vez que fui al Museo de Ciencias fue con mis padres en una de aquellas visitas familiares a Madrid. La última fue la semana pasada, de la mano de una guía muy particular y especializada: Ana Payo.

Ana trabaja en el museo desde hace más de un año y se encarga de organizar la trastienda de los materiales del museo. ¿En qué consiste esto? Además de las exposiciones que podemos ver en el museo durante el recorrido de cualquier visitante, hay una colección exhaustiva de pieles, huesos, ejemplares disecados, plumas, incluso piezas de dudoso origen confiscadas en la aduana… todo esto necesita ser bien conservado, ordenado y hasta acicalado de vez en cuando. Ana gestiona las bases de datos para poner un poco de orden en los almacenes del museo, actualiza las clasificaciones de las distintas especies, se asegura de que todo se mantenga en buen estado y colabora en la organización exposiciones y visitas.

La semana pasada me volví a sentir como la primera vez que visité el museo. En su almacén se esconden muestras de animales de todos los continentes. Para una profana en el mundo de la biodiversidad como yo, la visita fue un auténtico espectáculo de formas y colores. Huesos gigantescos y diminutos, plumas tornasoladas, dentaduras afiladas como cuchillos y punzantes como alfileres, huevos de colores inesperados…

imageAna, posando con su elefante favorito.

De paso me enteré de algunas anécdotas del museo, aquí os dejo mi favorita: la historia del elefante africano que se puede observar en una de sus salas principales.

Este ejemplar fue donado al museo por el padre de la Duquesa de Alba tras una expedición por África, de esas de las que se han escuchado los ecos este año. El Duque se quedó con los colmillos y dejó la piel para el museo. Eso sí, una piel en pésimo estado ya que al pobre animal le habían clavado lanzas por todo el cuerpo. Esta manta gigante se pasó 10 años en los sótanos del museo antes de que un joven taxidermista, Luis Benedito, se decidiera a darles forma.

Lo primero era tratarlas para que se ablandaran después de tantos años, pero se trataba de casi 40 metros cuadrados de piel, por lo que tuvo que trasladarse al Jardín Botánico. Allí introdujo las pieles en grandes piscinas durante dos meses. El siguiente paso era el más importante: construir un armazón con forma de elefante, para lo que había un problema fundamental. A principios del siglo pasado no existían ni atisbos de la televisión ni de los famosos documentales que adornan nuestras siestas… y Benedito nunca había visto un elefante. Así que pidió ayuda a su maestro de la Universidad de Leipzig, Herman H. Ter Meer, que le envió fotografías y proporciones del único elefante que él había disecado. Sin embargo, este elefante era una hembra, mucho más pequeña que el elefante de nuestro museo, por lo que Benedito tuvo que dar otra vuelta de tuerca más. Comenzó construyendo una pata, a partir de la que desarrolló el resto del elefante de manera proporcional. Una vez montada, toda la estructura pesaba unos 3500 kilos que, en la primavera de  1932, se pasearon por el Paseo de Recoletos y la Castellana para llegar hasta el museo. Tras las diferentes reformas realizadas, el elefante no cabe hoy por ninguna de las puertas del Museo de Ciencias, así que si el museo arde, el elefante prenderá con él. Un símbolo con todas sus consecuencias.

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