Llorando por ella

La primavera es su estación predilecta, deja pañuelos y ojos llorosos a su paso, puede llegar hasta a asfixiar… y no hablo del amor, sino de la alergia. Más de una vez me han preguntado a qué se debe la evidente escalada del número de alérgicos en los últimos años y la respuesta es muy sencilla: no lo sé. Sin embargo, merece la pena explorar algunas de las causas que se han propuesto hasta ahora.

Cada vez es más común que los camareros se vuelvan locos anotando “ensalada tropical sin piña para la mesa dos” o “filete con patatas pero sin pimientos para la cuatro”. ¿Por qué este incremento en las alergias alimentarias?

En primer lugar, tenemos que tener en cuenta el increíble aumento en la variedad de alimentos disponibles hoy en día. Puede que hace años no conociéramos a nadie alérgico al kiwi, pero es que tampoco lo consumíamos!

Otra posibilidad a tener en cuenta es el tipo de procesado de los alimentos. El cacahuete, por ejemplo, se considera un alimento muy alergénico. Sin embargo, ha constituido la base alimenticia de muchos países asiáticos durante siglos. Quizá el motivo de su alergenicidad radica en cómo se cocina: en las sociedades occidentales suelen tostarse, mientras que el consumo tradicional asiático era hervido o frito, lo que probablemente eliminaba o aislaba las sustancias responsables de la alergia.

También se ha propuesto que la reducción del consumo de frutas y verduras puede constituir la causa del déficit en determinados nutrientes protectores, como la vitamina D. De todos modos, los resultados de los estudios epidemiológicos que se han hecho para probar esta teoría han dado lugar a resultados muy contradictorios, por lo que es difícil sacar algo en claro.

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Pero sigamos, que no sólo la alimentación ha cambiado. Miremos a nuestro alrededor: hoy en día la mayoría de nosotros vivimos en ciudades, rodeados del humo de los coches e industrias. Cada día respiramos miles de sustancias capaces de agravar de manera directa alergias respiratorias ya existentes. De este modo, una alergia que apenas era apreciable, puede llegar a convertirse en una auténtica pesadilla. Lo que ya no está tan claro es si la contaminación puede dar lugar a  nuevas alergias por sí sola.

Y mientras todo este tipo de sustancias extrañas aumentan, hay otras que han disminuido. Hay muchos menos virus; menos bacterias… en definitiva menos “bichitos” pululando en el aire. Además tenemos la suerte de estar protegidos de muchos de ellos gracias a la vacunación. En el pueblo estábamos en contacto también con las bacterias y virus de los animales domésticos y el ganado, pero eso ya pasó a la historia; ahora todo está mucho más limpio y controlado… Hay quien opina que el precio que pagamos por este control son las alergias; de ahí la Hipótesis de la Higiene.

Según esta teoría, necesitamos estar en contacto con patógenos durante la infancia para que nuestro sistema inmune “se entrene” y sea capaz de responder apropiadamente más adelante. El sistema inmune debe aprender lo que supone una amenaza y lo que no.  Sin embargo, y aunque se han encontrado ciertos mecanismos que podrían explicar este proceso a nivel celular, esta hipótesis no termina de cuajar como única causa de la explosión alérgica. Debe de haber algo más.

Algunos profesionales apuntan a las clásicas causas genéticas, ya que se ha observado cierta relación entre la aparición de alergias entre padres e hijos. De todos modos, el aumento de las alergias ha sido demasiado dramático como para poder explicarse a través de un cambio en los genes, que necesita mucho más tiempo para ocasionar cambios a nivel poblacional.

Quizá la respuesta esté en la epigenética, que también es heredable, pero cambia de forma mucho más dinámica. La epigenética es a los genes lo que el interruptor a la bombilla. Poner una bombilla nueva supone ir a la tienda, comprar una nueva, tomar una escalera… mientras que apagarla es cuestión de un par de segundos. Ciertos cambios epigénéticos podrían encender o apagar determinados genes relacionados con la respuesta alérgica.

Por supuesto, también podríamos pensar que muchos de los factores mencionados anteriormente – dieta, contaminación, exposición a microbios…- pueden ser los encargados de pulsar uno u otro interruptor, produciendo los cambios epigenéticos que derivan en largas jornadas de estornudos primaverales.

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