Emma cumple seis años

La noticia de la cura de Emma ha cubierto todos los periódicos en los últimos días. Para quienes se lo hayan perdido, Emma es una niña de seis años recuperada de una enfermedad que casi le quita la vida. A día de hoy, lleva más de seis meses sin preocuparse por los síntomas de la leucemia que la llevaban persiguiendo desde los cinco años. Todo esto gracias a un innovador tratamiento de la Universidad de Pennsilvania, que “programa” células de su propio cuerpo para atacar y destruir las células cancerosas.

El tratamiento que ha curado a Emma se ha practicado en muy pocas personas y constituye otro de los avances de la famosa terapia génica, que tiene aplicaciones muy diversas. En este caso, todo gira en torno a la sangre. La sangre está compuesta por dos tipos principales de células. Por un lado las de la serie roja, encargadas de transportar el oxigeno a todo el cuerpo y por otro las de la serie blanca – nuestras defensas- que a su vez puede ser de dos tipos: células B y T. La leucemia es un tipo de cáncer que afecta a las células sanguíneas – en el caso de Emma las células B- que se empiezan a multiplicar de manera anormal, de modo que la sangre no nos puede aportar los nutrientes y el oxígeno como normalmente hace.

Para tratar a Emma, los médicos pasaron su sangre por una máquina capaz de recoger las células T y devolver al paciente el resto de componentes de la sangre. Las células T son algo así como las patrullas de vigilancia de nuestro organismo, se encargan de detectar y eliminar células en mal estado, parásitos, ect.

Tras extraerlas, los médicos programan estas células vigilantes para que logren reconocer y destruir las células B que se multiplican de forma anormal. Esta programación se realiza mediante la infección con un virus, que se introduce en la célula T llevando consigo toda la información necesaria para el ataque a las células cancerígenas. En este caso el virus utilizado fue una versión modificada del virus del sida, especializado en infectar células T. Esta versión del virus es capaz de infectar la célula, pero no de reproducirse, por eso es seguro. El virus es algo así como el sargento de mando, con todas las instrucciones necesarias para tripular la célula T y llevarla hasta su objetivo: la célula leucémica. Pero con esto no basta, el sargento debe dejar sus instrucciones bien claras para que las células T las recuerden el futuro, en caso de que nuevas células cancerosas aparezcan.

Mientras estas células T están siendo programadas, las pocas que han quedado en el paciente deben ser eliminadas con quimiterapia, para que no existan conflictos entre las antiguas naves y las tripuladas bajo nuevas órdenes. Finalmente, las células T programadas para atacar el cáncer se introducen en el paciente. El siguiente paso es duro: las células T comienzan su batalla, pero no podemos olvidar que el cáncer es parte del paciente. Para eliminarlas, se producirán en su cuerpo diversas moléculas que darán lugar a fiebre, escalofríos, fatiga… una gripe muy, muy fuerte que puede poner al paciente en grave peligro.

El principal inconveniente del tratamiento es que el ataque no es selectivo, y eliminará todas las células B del paciente, tanto las cancerosas como las sanas, por lo que los pacientes en los que funcione habrán vencido al cáncer pero serán más vulnerables a infecciones. Por este motivo, deberán tomar un tratamiento protector de por vida. Aún así, es un precio más que justo. A cambio, estas nuevas naves de asalto le habrán salvado la vida.

Hasta ahora este tratamiento se ha probado en once personas: nueve adultos y dos niños. De los nueve adultos, tres han tenido una remisión completa de la enfermedad, cuatro han mejorado, y en dos personas el tratamiento no logró funcionar. El otro niño tratado además de Emma, no tuvo tanta suerte como ella. El tratamiento funcionó durante un tiempo, pero luego el cáncer volvió a aparecer. En todos casos se trataba de personas sin esperanza, en las que todos los tratamientos anteriores habían fracaso y no quedaba otra opción, por lo que cualquier signo de mejora ya se considera un gran avance.

La idea de modificar genéticamente las células T no es nueva, apareció ya en los años 80 de mano del Dr.Zelig Eshhar, de Israel y hoy en día se están viendo sus primeros avances. Para sorpresa de muchos, hasta algunas compañías farmacéuticas se están interesando por participar en su estudio. Es extraño que una gran compañía se interese por la producción de tratamientos que deben ser personalizados para cada paciente. Sin embargo, ya que la población a la que van dirigidos es muy pequeña y se trata de pacientes muy graves, el proceso de aprobación de estas terapias es mucho más rápido de lo habitual, lo que justifica su interés.

Y la historia no se queda aquí, se espera que las células T se puedan programar para reconocer células cancerosas en tumores sólidos, como los de ovario o páncreas. El problema fundamental radica en conseguir unas instrucciones de ataque precisas, que distingan las células enfermas de las sanas, para evitar el daño masivo de órganos. Los científicos continúan trabajando, las empresas farmacéuticas empiezan a interesarse y mientras, historias como la de Emma nos llenan de esperanza y ganas de seguir investigando.

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