Se puede nacer gay. Y también casarse.

Soy de la opinión que los asuntos de cama son algo tan personal como pintoresco. Algo así como los gustos culinarios. Aunque suelo comerme el postre al final, no pongo el grito en el cielo si mi compañero de trabajo me confiesa que le encanta empezar por los profiteroles o descubro a mi vecina pasando directamente al café. Me da igual si estos hábitos vienen alimentados por graves traumas de la infancia, un perfil hormonal diferente, rasgos genéticos únicos o por el simple y universal en mi casa lo hacemos así. Todos los motivos, e incluso la falta de ellos, me parecen perfectamente válidos. Básica y llanamente, porque cada uno se come lo suyo.

Es por esto que me cuesta entrar en el eterno debate de si el gay nace o se hace. Me resultan igual de lícitas las dos opciones. Del mismo modo que tradicionalmente ha sido común que los hijos sean criados en comunidades mayoritariamente femeninas – porque los hombres estaban ocupados o habían pasado a mejor vida por otros quehaceres- no veo problema alguno en la institución de familias de cualquier tipo. Eso sí, siempre que el niño esté atendido y se sienta amado.

Sin embargo, y pese a que el Tribunal Constitucional acaba de avalar el derecho al matrimonio de las parejas homosexuales, no todo el mundo comparte mi opinión. Por si no tuviéramos suficientes quebraderos de cabeza con la situación económica y social actual, hay quien se empeña en sacar a la palestra temas que algunos pensábamos ya superados, como la regulación del aborto o la ley del matrimonio homosexual. Esta vez han decidido dejar las cosas como estaban. GRACIAS. Pero como todavía queda alguno que otro por convencer de que el amor – y el matrimonio, para quien lo desee- debe ser un derecho universal, he decidido utilizar este post para comentar diferentes estudios científicos que defienden que SÍ puedes nacer gay.

Existe un gran número de trabajos que indican que diferentes factores prenatales pueden influenciar en la orientación sexual del ser humano. La teoría más aceptada tiene como eje central los niveles hormonales en un determinado estado del embarazo o durante los primeros momentos de la vida del recién nacido. La exposición a ciertos niveles de testosterona induce preferencia por un compañero sexual femenino, mientras que la ausencia de estas concentraciones de la hormona da lugar a una preferencia por los hombres. De este modo, existe una concentración crítica de testosterona que inclina la balanza a uno u otro lado. Esta concentración puede variar por factores medioambientales, genéticos, etc. Además, los valores de testosterona son críticos para la formación de ciertas estructuras cerebrales, sin tener por qué afectar al resto del desarrollo del individuo. Otras teorías se han referido a ciertos genes que pueden afectar la orientación sexual a través de mecanismos que no han sido definidos aún. Por supuesto, todos conocemos las teorías que vinculan las relaciones con los padres, interacciones sociales o experiencias sexuales tempranas con la homosexualidad. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis ha sido confirmada por ningún estudio riguroso.

Lo más probable es que nuestra orientación sexual sea mucho más complicada que todo eso y dependa de una mezcla de varios factores genéticos, hormonales y sociales. Lo que sí está claro, como estableció ya en 2005 la Asociación Americana de Psicología es que no hay ninguna evidencia de que la orientación sexual pueda ser modificada por “terapia” de conversión alguna. De hecho, la única conclusión derivada del análisis de estas prácticas es que pueden generar tendencias suicidas.

Por suerte, de vez en cuando podemos leer datos esperanzadores, como que la mayor parte de los jóvenes europeos apoyamos el matrimonio homosexual. Está bien que, al menos por una vez, nuestros nombres aparezcan detrás de una tendencia positiva

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