Transgénicos libres de sensacionalismos

La semana pasada no hubo periódico que no hiciera eco del último trabajo publicado por Séralini, un polémico científico y activista en contra de los alimentos transgénicos. En su publicación, Séralini documenta la supuesta relación entre el consumo de maíz transgénico de la compañía Monsanto y la aparición de gigantescos tumores en ratas. Dicho sea de paso, el mencionado maíz lleva casi veinte años cultivándose en Estados Unidos, utilizándose sobre todo como pienso, sin que se hayan documentado ningún tipo de efectos dañinos.

No es la primera vez que el mismo científico alerta a la opinión pública. Ya en 2007 publicó sus estudios en los que relacionaba ciertos alimentos transgénicos con la aparición de daño renal, ampliando sus investigaciones con otras publicaciones en 2009 y 2011. En todos los casos, tras el análisis detallado por diferentes expertos de Europa, Estados Unidos y Australia, sus datos se consideraron no significativos.

El porqué de la fijación de Séralini con los alimentos transgénicos se entiende mejor si tenemos en cuenta que es presidente del comité cienfífico de la empresa Criigen. Esta compañíainvestiga las desventajas del cultivo de transgénicos para el gobierno francés, que tradicionalmente se ha mantenido en contra de este tipo de cultivos, probablemente para proteger su producción de grano.

Hay muchos indicadores de falta de transparencia en los trabajos de Séralini. Para empezar, las ratas utilizadas en este estudio son de una cepa en la que aparecen muchas mutaciones espontáneas. En segundo lugar, utiliza un número muy bajo de animales para sus estudios de toxicidad. Además, analiza también los efectos de un herbicida, en dosis que sólo llegarían a consumirse de no cumplirse ninguna de las normas higiénicas aplicadas normalmente.

En definitiva, como ya ha ocurrido en años pasados: mucho ruido y pocas nueces. El trabajo de Séralini ha sido revisado por otros científicos antes de ser publicado, por qué no decirlo, en una revista mediocre. Un descubrimiento de esas características, acompañado del rigor científico adecuado, merecería ser publicado en revistas con mayor índice de impacto, es decir, leídas por más gente.

Para terminar de valorar las intenciones de este científico, sólo nos queda saber cómo dio a conocer sus descubrimientos a los medios. Según el periódico francés Le Monde, el artículo de Séralini fue recibido en la redacción junto con una cláusula de confidencialidad que caducaba el mismo día de su publicación en Food and Chemichal Toxicology. De este modo, se impedía que los periodistas pidieran opinión a otros expertos antes de publicar la noticia.

Es cierto que los alimentos transgénicos están rodeados de gran polémica, por lo que un poco de cultura general sobre ellos no viene mal para poder digerir mejor noticias como esta. Vayamos por partes.

¿Qué es un alimento transgénico? Se trata de alimentos en los que se han introducido ciertos cambios en el ADN mediante técnicas de ingeniería genética. Antiguamente, estos cambios se introducían mediante otras técnicas más lentas y menos eficaces, como el cruce selectivo de unas plantas con otras o la selección de semillas. Por ejemplo, el trigo que utilizamos hoy en día para hacer harina es un regalo de nuestros ancestros, que poco tiene que ver con el trigo silvestre. Durante largos años, se fueron seleccionando las semillas de las plantas que daban el grano más grande, hasta llegar a los cultivos actuales. La ingeniería genética nos permite seleccionar los cambios deseados y obtenerlos de manera rápida. Eso sí, es imprescindible estudiar los efectos que estos cambios pueden suponer para nosotros y, por supuesto, para el medio ambiente.

Algunos cultivos transgénicos se han modificado para que las propias plantas produzcan compuestos insecticidas contra determinadas plagas, de modo que se reduce la cantidad de productos químicos utilizados y el consecuente impacto ambiental.

También existen cultivos resistentes a herbicidas, de modo que éstos afectarán a las malas hierbas y no al cultivo deseado. Sin embargo, hay quien piensa que pueden favorecer el uso excesivo de productos muy tóxicos como el glifosfato.

Por otro lado, hay cierta preocupación por el llamado “flujo de genes” tanto horizontal – de planta a planta-, como vertical – de la planta al consumidor-.

La transmisión horizontal de genes se da generalmente a través del polen o semillas de las plantas y puede tener ciertas consecuencias ambientales. Por ejemplo, si la producción de compuestos insecticidas contra plagas de insectos se transmite a plantas silvestres, las poblaciones de insectos que se alimentan de dichas plantas podrían verse reducidas, afectando al ecosistema. Esta posibilidad es poco probable, ya que las plantas híbridas – procedentes de la mezcla de dos especies- suelen ser estériles. Pero, de todos modos, para evitar este tipo de transmisión se han desarrollado dos alternativas: la transformación exclusiva del cloroplasto o la producción de semillas “Terminator”.

La transformación del cloroplasto impide la transmisión de la información genética del cultivo a través de la semilla o el polen, pero es una técnica aún muy poco avanzada.

Las semillas Terminator, por su parte, son semillas que no dan fruto, es decir, son estériles. Así se evita la transmisión de su información genética a otras plantas. Estas semillas se producen además, como una estrategia de los productores de semillas para fomentar la dependencia del agricultor en ellos. Si las semillas son estériles los agricultores no las podrán guardar para la cosecha del año siguiente, sino que deberán comprar nuevas semillas, lo que supone una gran desventaja para agricultores minoritarios o pobres. De todos modos, cuando no producen este tipo de semillas, los productores de semillas suelen tener patentes sobre las mismas que prohíben al agricultor guardar semillas. Cada uno que saque sus conclusiones.

La transmisión vertical de genes, por su lado, no ha sido probada nunca, ni en animales ni en humanos. Sólo ha logrado encontrarse material genético de alimentos transgénicos en las bacterias que crecen naturalmente en el intestino. Pero sólo en individuos a los que anteriormente se les había extirpado parte del tracto digestivo, nunca en individuos sanos.

Otro de los puntos conflictivos de los alimentos transgénicos es su relación con las alergias. Por un lado, ha habido varios casos en los que un alimento transgénico se ha retirado al relacionarse con más alergias que el original, lo que, por otra parte, podría servir para probar que los mecanismos de control de estos alimentos funcionan. Además, también se ha estudiado el diseño de soja transgénica que resulte menos alérgica que la original.

Por último, algunos argumentan que los cultivos transgénicos podrían ser necesarios para alimentar la creciente población mundial, ya que se aumenta el rendimiento de la cosecha por parcela. Sin embargo, también se puede pensar que el problema radica más en la distribución que en la producción de alimentos.

Los alimentos transgénicos están envueltos en un aura de misterio y polémica, cuya única vacuna es la información contrastada y de calidad. Las empresas productoras de semillas transgénicas no están siempre dispuestas a ofrecer su producto para la investigación, esta debería ser nuestra principal preocupación, no los informes sensacionalistas ni tendenciosos.

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