Obstáculos en la carrera de fondo

Uno de los motivos por los que me gusta escribir este blog es porque a menudo puedo dar buenas noticias sobre este o aquel descubrimiento o nuevo avance. Claro que no siempre es así; hoy toca una de arena.

El camino hacia el descubrimiento de nuevas terapias es siempre difícil. Largos años de investigación básica en distintos laboratorios conducen a una pista  que alguien se anima a seguir. Más investigación. Células y modelos animales… Eventualmente, quizá una evidencia lo suficientemente fuerte como para comenzar un ensayo clínico. Hasta ahí han llegado un nuevo tipo de drogas para el tratamiento del cáncer de mama; se trata de los inhibidores de una enzima llamada PARP.

Ciertos tipos de tumor de mama y ovario se caracterizan por una mutación en un grupo de genes conocidos como BRCA. Estos genes dan lugar a unas proteínas que son algo así como el mecánico jefe de la célula. Cuando aparece una mutación en los genes BRCA, el mecánico jefe producido no es capaz reparar la información transmitida en cada división, por lo que se transfiere información errónea. En algún momento, bien por una acumulación de errores, o por un error muy grave, las células comenzarán a multiplicarse muy rápidamente, generando un tumor.

La enzima PARP es el mecánico de reserva, se encarga de reparar cuando hay problemas con el mecánico jefe. Sin embargo, este mecánico de reserva no es muy bueno, y como hemos visto tiene errores que dan lugar a las primeras células cancerígenas. Si impedimos la acción del segundo mecánico, es decir, si inhibimos PARP,  las células con la mutación acumularán tantos errores que serán incapaces de dividirse y morirán. Este tratamiento es especialmente beneficioso porque sólo ataca a las células que dependen del mecánico de reserva, es decir,  las células mutadas.

Algunas compañías, como Astra Zeneka o Abbot, han realizado ensayos clínicos de fase 2 – con un número bajo de pacientes- que sugieren que el uso de estos inhibidores tiene ciertas ventajas frente a la terapia utilizada hasta ahora. Sin embargo, para poder utilizar el tratamiento en la práctica clínica habitual se necesitan ensayos de fase 3 – con un número mayor de pacientes-  y es justo con esto con lo que está habiendo problemas.

La compañía americana Myriad Genetics tiene la propiedad intelectual de las secuencias de los genes BRCA y cobra alrededor de 3500 dólares por cada test para diagnosticar si una mujer presenta una mutación en esos genes o no. Este test es necesario para seleccionar a las candidatas a recibir el nuevo tratamiento. Pero además del alto coste que supondría un ensayo de fase 3 en el que todas las pacientes deberían realizarse este test previamente, se necesita el permiso de Myriad para ello. Y la compañía no parece muy dispuesta a darlo.

Quizá nos llevemos una sorpresa y la Myriad cambie de opinión. Uno de sus portavoces aseguró a la revista Nature Medicine que estaban en trámites para facilitar el proceso.

Mientras tanto, todos los científicos involucrados en la investigación básica, preclínica y clínica que han llevado hasta aquí esperan a que se desate este nudo. Las pacientes también. Y tienen prisa.

 

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