Vacunar o no vacunar, esa es la cuestión

La semana pasada la revista Science publicaba un artículo titulado “El vergonzoso problema europeo”. Por sorprendente que parezca no se referían a la crisis, sino al aumento de contagios de rubeola en Europa, que el año pasado rozó los 40.000 casos.

La rubeola es una enfermedad vírica generalmente leve cuando se presenta en niños, pero extremadamente grave durante el embarazo, donde hay altas probabilidades de que se produzcan serias alteraciones en el feto. Esta enfermedad es, además, fácilmente prevenible mediante una vacuna: la famosa triple vírica, que además inmuniza frente al sarampión y las paperas.

Entonces, ¿a qué se debe el aumento de casos de rubeola si su prevención es tan sencilla? En el artículo de Science mencionan cuestiones como las ajetreadas vidas de los padres o los horarios restringidos de los centro de vacunaciones…pero en toda esta historia hay un personaje clave: la desinformación.

Las primeras evidencias de prácticas similares a la vacunación datan de hace más de 2000 años en China. Desde entonces las vacunas se han refinado y las hemos comprendido. Hoy en día sabemos que funcionan estimulando nuestro sistema inmune para desarrollar lo que se conoce como inmunidad adaptativa. En otras palabras, nuestro cuerpo reconoce los componentes de la vacuna como extraños, los destruye y los recuerda. De este modo, cuando el verdadero agente patógeno nos infecta, nuestro sistema inmune ya está entrenado y responde rápidamente evitando que la infección se disperse y se desarrolle la enfermedad.

Los componentes de una vacuna pueden ser virus o bacterias atenudados – con mínima capacidad de replicación – o inactivados – muertos – . También hay vacunas que contienen simplemente algunas partículas o toxinas de los agentes infecciosos.

Ya sólo necesitamos un concepto más para tener una idea básica de cómo funcionan las vacunas; la inmunidad de grupo: en una enfermedad que se transmite de persona a persona, la cadena de infección encuentra más obstáculos cuanta más gente sea inmune. De hecho, ya que la eficacia de las vacunas no es siempre del 100%, un estudio llevado a cabo en Holanda en respuesta a una epidemia de rubeola, concluyó que el riesgo de contraer una enfermedad era menor si no estas vacunado y vives en una comunidad vacunada que si habías recibido todas tus vacunas pero vives en una comunidad que no lo ha hecho.

Por supuesto las vacunas, como cualquier otro medicamento, tienen efectos secundarios. Ya que se administran a gran escala y a individuos sanos que generalmente son niños, los requisitos de seguridad de las vacunas son muy superiores a los de otros fármacos. Además de esto, existe una continua vigilancia post-comercialización en la que se registran efectos adversos y se busca evidencia de su relación con las vacunas mediante diversos tipos de estudios.

Gracias al uso de las vacunas, se ha erradicado la viruela, una enfermedad horrible que asoló poblaciones, y otras enfermedades, como la polio, son sólo un recuerdo en los países desarrollados. Sin embargo, se puede decir que las vacunas son víctimas de su propio éxito: al haber desaparecido, no nos preocupan las terribles consecuencias de las enfermedades que previenen, solamente vemos el lado más ligero de la balanza: los efectos secundarios de las vacunas. De ahí surgen movimientos antivacunales que pueblan de nuevo Europa y Norteamérica. Digo de nuevo porque su historia es paralela a la de las vacunas y suele contar siempre con los mismos capítulos: un investigador relaciona alguna enfermedad con una vacuna, población e instituciones realizan un juicio prematuro, los resultados del primer investigador son imposibles de reproducir por otros grupos y por tanto su idea es desechada, en muchos casos, incluso el primer investigador se retracta… se tardan años en recuperar la confianza de la población en la vacuna.

Estos son algunos de los argumentos – y su réplica – utilizados a día de hoy por los grupos antivacunas:

  • Las enfermedades infecciosas no son graves y constituyen una parte normal del crecimiento.

La rubeola congénita produce malformaciones en 1 de cada 4 casos, el sarampión deriva en neumonía en 1 de cada 20 y la difteria mata a 1 de cada 20 niños infectados, entre otros.

  • La disminución de las enfermedades infecciosas no es consecuencia de la vacunación sino de las mejores condiciones sanitarias e higiénicas.

Las epidemias actuales en países desarrollados coinciden con momentos en los que la cobertura vacunal ha disminuido mientras que las condiciones higiénicas y sanitarias se mantienen.

  • Las vacunas producen alergias.

Algunas vacunas contienen proteínas de huevo o gelatina. Los individuos alérgicos a estos componentes deben consultar con su médico su caso particular.

  • Las vacunas causan autismo, asma crónico, diabetes, muerte súbita y otras enfermedades.

Las vacunas se han venido relacionando con diferentes enfermedades de origen desconocido que se diagnostican en la primera infancia, cuando el niño recibe la mayoría de las vacunas. Es comprensible relacionar los dos eventos, ya que se dan en el mismo periodo de tiempo, pero esto no siempre quiere decir que uno sea la causa del otro.

El del autismo es el caso más conocido. Su relación con las vacunas se ha argumentado por tres vías diferentes. La primera de ellas consiste en un supuesto daño intestinal producido por la vacuna triple vírica que permitiría el acceso de proteínas dañinas al sistema nervioso central. Más tarde la atención se centró sobre los efectos de un conservante utilizado en la fabricación de algunas vacunas conocido como tiomersal. La última teoría critica la sobrecarga de administraciones vacunales en un periodo corto de la infancia.

La primera hipótesis surgió en 1998, cuando un científico en Reino Unido publicó en The Lancet lo que según él eran evidencias de la relación entre la vacuna triple vírica y diferentes afecciones neurológicas. Varios grupos intentaron reproducir su trabajo sin éxito y, tras una larga polémica, en 2004 los coautores del trabajo se retractaron de sus resultados. Aún así, seguimos viviendo las consecuencias de este trabajo.

La preocupación que rodea al conservante tiomersal se debe a que éste contiene mercurio; metal pesado famoso por su toxicidad neurológica. Sin embargo, las cantidades de éste componente, en las vacunas que lo contienen, son mínimas y nuestro organismo es capaz de eliminarlo. Desde el año 1999, se han llevado a cabo múltiples estudios epidemiólogicos, tanto en Europa como en Estados Unidos, en los que nunca se ha encontrado relación alguna entre el mercurio y afecciones neurológicas. Aún así, se ha recomendado la sustitución del tiomersal por otros conservantes en medida de lo posible.

Cuando las dos teorías anteriores quedaron desechadas surgió una nueva, según la cual el número de vacunas administradas sobrecargarían el sistema inmune del niño dando lugar a una reactividad excesiva que podría derivar en autismo. Sin embargo, esto es totalmente falso; las vacunas no sobrecargan el sistema inmune infantil, que es capaz de adaptarse rápidamente y puede responder a varios patógenos a la vez. Además, las vacunas contienen cada vez componentes más específicos, de manera que las dosis se van reduciendo. Por otra parte, nunca se ha observado una activación excesiva del sistema inmune en los niños que sufren autismo.

El artículo de Science que ha dado pie a este post es sólo un aviso, estamos a tiempo. Para no volvernos a encontrar con antiguas enfermedades de las que ya nos habíamos olvidado, es necesario aportar información clara a los padres, libre de tintes de escándalo, que les ayude a valorar de forma realista la necesidad de vacunar a sus hijos. Espero que algunos encontréis aquí un punto de partida.

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