El abuelo no sabe quién soy

Envejecer da miedo. Fobia bien aprovechada para la venta de miles de remedios para posponer o enmascarar que cumplimos años. Cremas y ungüentos para el cutis, lociones para mantener unas piernas firmes o un vientre plano, videojuegos para ejercitar la memoria, alimentos enriquecidos con una u otra vitamina… Tenemos miedo de cambiar; de no volver a ser los mismos; de no reconocernos. Por desgracia, a veces este miedo es fundado, es lo que les ocurre a los pacientes con demencia senil.

El Alzheimer es la forma más común de demencia; una enfermedad neurodegenerativa que produce deterioro cognitivo y alteraciones en la conducta. Hoy por hoy, es incurable y terminal. En general aparece a partir de los 65 años, aunque en una pequeña porción de los pacientes se da antes, debido a mutaciones en genes relacionados con la enfermedad.

Hay varias teorías sobre el origen del mal de Alzheimer, aunque la más extendida es la que relaciona la enfermedad con la acumulación de dos proteínas en las neuronas: beta-amieloide (amiloideAβ) y tau.

La Proteína Precursora de Amiloide (APP) es indispensable para el buen funcionamiento de las neuronas. Ésta proteína puede romperse en pequeños fragmentos fibrilares conocidos como beta-amieloide, que en condiciones normales son eliminados del cerebro. Los pacientes de Alzheimer, sin embargo, han perdido la capacidad de eliminar las hebras de beta-amieloide, por lo que éstas se agrupan dando lugar a las conocidas placas seniles que se detectan en el diagnóstico de la enfermedad.

Por otro lado, la proteína tau en condiciones normales se encarga de dirigir el tránsito de nutrientes dentro de la neurona, pero en los enfermos de Alzheimer la estructura de la proteína tau cambia y termina formando ovillos fibrilares, de manera que se desintegra el sistema de transporte celular.

Todos estos cambios son demasiado para las neuronas, que van muriendo progresivamente a través de un mecanismo todavía lleno de nebulosas.

Los tratamientos disponibles hoy en día para tratar la enfermedad de Alzheimer son todos paliativos, no existe ninguno curativo, lo que instiga cada día las investigaciones de muchas personas.

Ya en 2002 se probaron vacunas contra el Alzheimer basadas en la idea de que quizá se puede entrenar nuestro cuerpo para atacar las placas seniles y eliminarlas, de manera similar a como lo hace con virus o bacterias.

También hay muchos esfuerzos centrados en las posibles aplicaciones de la medicina regenerativa para intentar detener el deterioro cognitivo asociado a la enfermedad.

Por otro lado, en febrero de este año, unos científicos estadounidenses fueron capaces de revertir los síntomas de la enfermedad en ratones con un sólo compuesto químico: el bexaroteno.

Como hemos comentado anteriormente, uno de los acontecimientos clave en el desarrollo del Alzheimer es la acumulación de fibras de beta-amieloide. En 2008, el profesor Gary Landreth descubrió un factor capaz de facilitar el transporte de beta-amieloide hacia fuera del cerebro: la proteína Apolipoproteína (ApoE). A partir de ese momento el grupo de investigadores ha estado trabajando para buscar fármacos que aumenten los niveles de ApoE.

El bexaroteno, utilizado en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, fue uno de los primeros candidatos, ya que actúa sobre los receptores de retinoides, responsables del control de la producción de ApoE.

Los resultados fueron impresionantes: a las seis horas de la administración ya se podía detectar una disminución en la concentración de beta-amieloide soluble. Y no sólo esto, a las 72 horas del tratamiento los ratones recuperaron patrones de comportamiento que habían perdido con la enfermedad y la mitad de las placas seniles habían desaparecido, llegando más tarde hasta una reducción total del 75%.

Aunque los datos publicados en Science son espectaculares, hay que leerlos con cautela. El betaroxeno ha revertido el Alzheimer en un modelo de la enfermedad en ratón. El siguiente paso es probar sus efectos en personas afectadas y ver si en ellas se reproducen los efectos vistos en los roedores.

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